Imagen: Una niña posando junto a la obra del artista contemporáneo, Marc Quinn, de dos transexuales en los papeles de «Adán y Eva».
«Lo que los activistas LGBT buscan no es tolerancia, igualdad ante la ley o una cultura más libre. Lo que buscan es normalizar lo patológico y tratar como una patología lo normal.
Se glorifica la homosexualidad, el lesbianismo, la transexualidad, la androginia como progreso e indicios de una sociedad “libre” mientras que la heteronormatividad es patologizada como una “construcción social” tipo “medieval” que la clase “patriarcal-capitalista” impone sobre las masas para “reprimir” el “espectro” ilimitado de la sexualidad humana, y así poder explotarlas. Pero me pregunto yo, ¿que grupo más fácil de explotar que aquellos incómodos con sus cuerpos, enfermos en sus mentes y carentes de control sobre sus impulsos?
Se introduce programas escolares de adoctrinamiento desde párvulos a universitarios bajo la treta de fomentar una cultura más “tolerante” pero que en sí, no tolera la más mínima crítica o disidencia al nuevo statu quo “progresista”, que realmente no es tolerancia lo que busca, sino aún más subversivamente, ennoblecer y promover la siempre creciente lista de nuevas clases “oprimidas” sexuales. En los 1960s eran los gays y las lesbianas: LG. Hoy son una infinidad de clases potenciales que la sigla termina con un signo más: LGBTQIA+ (Lesbianas, Gays, Bisexuales, Transexuales, Queer, Intersexuales, Asexuales y + por buena gana a las clases “oprimidas” todavía no “visibilizadas”). Sin embargo, si te atreves decir que la orientación sexual es caracterológico (como lo afirman muchos científicos), que el sexo es biológico (como la evidencia empírica lo avala) y que la condición óptima para la crianza de niños sanos es un hogar con una madre y un padre (como montañas de estudios en las ciencias sociales y la misma experiencia lo demuestran), no solamente eres estigmatizado como “homofóbico» y «transfóbico” (condiciones patológicas inexistentes), también corres el riesgo de perder el trabajo, una promoción, una beca, una oportunidad de estudio, en fin, tu reputación.
Y por supuesto, como toda ideología que es antinatural y contraria al sentido moral del ser humano, se requiere de constante cabildeo, expansiva legislación, inmenso burocratismo, y campañas masivas mediáticas para de manera forzosa sofocar el sentido moral natural, imponer el artificial orden “moral” à la mode y censurar cualquier disidencia al ethos progresista.

Perdón, pero prefiero perder la reputación que mi conciencia; prefiero perder la popularidad que mi propia libertad; prefiero ser tachado de “fobias” que no existen que celebrar delirios que mutilan cuerpos sanos y dejan las mentes enfermas.
La lucha, como bien lo previó Gramsci y luego lo perfeccionó Beauvoir, Sartre, Foucault, Derrida y el resto de los neomarxistas, más que política y económica, es una en esencia, cultura y moral. Cuando el marxismo no pudo entrar vía la revolución del proletariado en el Occidente, se transmutó en una revolución por la progresia y sus fetichismos decadentes, estableciéndose primero en los centros de educación superior, luego en los medios comunicativos y la cinematografía, y como ahora vemos, en poderosos y de alcance global ONGs («Organización no gubernamental», que en sí, es una grande contradicción pues son precisamente los gobiernos los que más trata de influir).

Aquellos que levantan las banderas pro-aborto, pro-LGBT, pro-feminismo, no importa cuánto lo nieguen, han tomado la bandera roja del comunismo. Son, en palabras de Lenin, los «idiotas útiles” de Occidente, cuyas mentes son tan crédulas y tan fácilmente adoctrinadas, que sin darse cuenta están abriendo las puertas para que el Caballo de Troya entre y mine lo que a un gran número de generaciones anteriores les costo esfuerzo, trabajo, ética y disciplina construir y heredarnos.

Que se sepa, tan claro como la luz del día: Yo soy anti-aborto, anti-LGBT, anti-Feminismo y anti-cualquier otra basura ideológica que intenta secuestrar el marco ético sobre el cual se basa nuestra prosperidad económica, nuestra libertad política y nuestra fuerza moral como civilización Occidental, y que llama una revolución moral, un supuesto progreso humano.

Yo soy, en pocas palabras, un Cristiano Conservador (aunque bien, no necesitas serlo para reconocer la veracidad de lo que te digo)».
Por: Joshua Enior
#Lavozparaguaya






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